Mi historia con el Yoga

July 23rd, 2019

By: Elisa Govea

Llegué a mi primer clase de yoga, más por la insistencia de mi amiga que por mi propia convicción. Después de haber intentado correr, ir al gimnasio y aerobics y terminar aburrida y adolorida,  decidí darle una oportunidad al yoga. Mientras la maestra nos hablaba de respirar y vocalizar un “om” yo pensaba: ¡no sé qué hago aquí!

La primer postura fue “perro mirando hacia abajo” y aunque jamás había hecho o siquiera visto esta postura, mi cuerpo pareció reconocerla, fácilmente me acomode y se sintió tan bien… una liberación, un descanso. Mi cuerpo parecía decirme: ¡he esperado 25 años a que hicieras esto!

Al terminar la clase me sentí maravillosamente bien, como que había habitado mi cuerpo de una manera diferente, una sensación totalmente nueva para mí. Entusiasmadas, mi amiga y yo acordamos volver la siguiente clase. Desde entonces comencé mi historia de amor con el yoga y hoy a los 40 años, estoy más enamorada que nunca.

Comencé de manera poco constante. Al principio era una manera genial de hacer ejercicio, me parecía una excelente combinación que ayudaba a mejorar mi salud, así que me sentía bien conmigo misma, me ayudaba a mantener mi figura, satisfaciendo esa vanidad de mujer, y además me mantenía de buen humor. Antes de iniciar las clases o al final, las alumnas se quedaban a conversar y hablar de vegetarianismo, de medicina tradicional, de reiki, de blablabla. A mí no me interesaba nada de eso, e incluso pensaba: Nunca dejaré que me afecten esas ideas raras. (¡!)

Transcurrieron los meses y poco a poco iba descubriendo más razones para asistir a mi clase. Si me ausentaba demasiado tiempo, mi cuerpo y mi mente lo reclamaban. De pronto la idea de cantar el “om”, o de dejarme llevar por mi respiración, o de observar mi mente estando acostada inmóvil en el piso, no me parecía tan loca. Me tope con un libro que se llama “Yoga for dummies” de Georg Feuerstein y Larry Pane. Era un libro viejo, se notaba en las fotos, y algo maltratado. Escrito y diseñado de forma simple y clara, para no asustar a los escépticos como yo,  hablaba de lo que hay detrás de las lindas posturas de yoga que nos parecen como de bailarines o contorsionistas. Me pareció un libro lleno de cosas interesantes. El yoga parecía hacer mucho sentido no solo en mi cuerpo sino en mi mente y en mi corazón también. No hablemos del espíritu porque yo me solía llamar atea y no creía en espíritus!


Recuerdo una frase en particular que hasta la fecha es de mis citas favoritas “En la vida no hay errores, solo hay lecciones”. Aplicando esta frase a las clases de asana, hacía mucho sentido. Si una postura no la hago bien, mi maestra me lo hace notar y me da una guía de como corregirlo. Pero el día que llegué a esa página en el libro estaba en una playa en Tulum, justo en un momento decisivo en mi vida, tenía que tomar una decisión importante sobre mi futuro. Entonces la frase tomó un sentido mucho más profundo, y es por esto que me enamoré del yoga. Todos amamos estas frases inspiracionales. Las leemos una y otra vez en libros, las posteamos en Facebook, las pegamos en postits, las portamos en nuestras playeras, o en nuestra piel. Pero son solo frases vacías y poco útiles si no se traducen en patrones de conducta. Si el desarrollo espiritual se lograra con una taza que dijera “se tu mismo”, ¡todos seriamos buddhas!! Y la pregunta que nos queda en la boca, pero que pocas veces nos atrevemos a hacerla es: ¿Cómo la aplico a mi vida? He aquí donde habita la magia del yoga: Si utilizamos estos conceptos en una práctica “física” y los convertimos en nuestra manera habitual de posarnos, movernos, colocarnos, y de estar, nuestro poderoso subconsciente hará el resto por nosotros. Un día, inesperadamente y probablemente inadvertidamente tomaremos decisiones y acciones congruentes con este principio que hemos convertido en nuestro patrón de pensamiento y por lo tanto, de conducta, a través de la práctica. La vida está llena de paralelismos y el subconsciente, como ya lo dijo Jung, entiende un idioma de símbolos, por lo que se conduce de acuerdo a esos mismos principios. Como me dijo alguna vez mi querido alumno David: Cuando empiezas a alinear tu cuerpo, empiezas a alinear tu vida. Así que ese día, en ese momento de mi vida, esa frase no estaba hueca, encontró un eco dentro de mi cuerpo y de mi subconsciente, resultado de los años de práctica y pude, con naturalidad, certeza y ecuanimidad tomar una decisión que quien me conocía en ese momento, no habría esperado de mí. De hecho, a muchas personas cercanas les tomo tiempo entender y aceptar mi decisión, pero en mí no había duda, tenía total claridad que esa era la decisión adecuada, que había aprendido ese concepto importante sobre mi felicidad y no necesitaba repetir la lección.

Claro que la cosa es más compleja. Nuestro subconsciente toma información de todo nuestro entorno, 24 horas al día, no solo de los 90 minutos que le dedicamos a nuestra práctica. Se vuelve entonces un asunto de mucha paciencia y concentración, una práctica ininterrumpida de 24 horas al día. Pero los principiantes como yo, empezamos por poner atención en cuáles son las formas y mensajes que estamos tallando y grabando en nuestro cuerpo y nuestra mente al realizar nuestra práctica: ¿Qué me digo a mi misma cuando una postura me sale bien, o cuando no? ¿Cuál es mi motivación para hacer tal o cual postura? ¿Qué siento si estiro más aquí? ¿Y qué estoy haciendo con esta otra parte, la puedo sentir?

Muchas personas recuerdan el día en que conocieron a su pareja, y te contarán con entusiasmo como se enamoraron. Para mi es así de especial, hablar del día que conocí el yoga, y del día en que me enamoré y supe que quería que fuera siempre parte de mi vida.

Un año después de ese momento decisivo en aquella playa cristalina, donde una simple frase sembró una semilla en mí, renuncié a mi trabajo y me inscribí en mi primer entrenamiento formal de yoga. Hoy, más de diez años después de esa tarde en la playa de Tulum, me siento cada vez más cautivada por la magia del yoga, que como todas las cosas mágicas, no se puede entender en su totalidad usando solo la inteligencia racional y literal, y como todas las artes, nos toma toda una vida (o varias) desarrollar.

PD. Desde hace 10 años soy flexivegetariana, utilizo remedios tanto de la medicina tradicional como de la medicina moderna,  y aunque aun no entiendo muy bien cómo funciona el reiki, procuro estar receptiva a los muchos caminos que nos llevan hacia la salud integral y holística, pero cómo llegué de atea escéptica hasta hoy, flexiespiritual, supongo,  es otra historia…